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Otras culturas y el tercer género

Los datos que aporta la Antropología nos informan de numerosas sociedades que se mantienen al margen del dualismo de género y reconocen a las personas que asumen identidades sexuales fuera del sistema dicotómico hombre/mujer, masculino/femenino. Este sistema de ordenación de la sexualidad supone una ventaja incuestionable sobre el de las sociedades occidentales, porque en la amplia zona de los países civilizados las personas homosexuales, asexuales, transexuales, intersexuales y transgénero no encuentran un espacio habitable en el que convivir en pie de igualdad con el resto de los ciudadanos.

Para ordenar el material de documentación etnográfica dedicada a las personas que escapan al sistema binario, los antropólogos necesitan recurrir a una tipología especial que reconozca la diversidad sexual, las hermafroditas, las tradiciones dos espíritus, los roles de género cruzados como las mujeres con corazón de hombre (manly-hearts) y las vehine mako o mujer tiburón de las Islas Marquesas, los matrimonios de mujeres entre los nuer, las parejas de hombres con muchachos entre los azande y los rituales de género cruzado en numerosos pueblos.

El tercer sexo es una categoría que se escapa a las usadas en las sociedades occidentales civilizadas. Los xanith de Omán, el tercer sexo de los inuit, los mahú de Tahití y Hawai, los fa’afafine de Samoa, los fakaleiti de Tonga o los pinapinaaine de Nukulaelae son claros ejemplos de personas que rompen con la dicotomía occidental. En la Polinesia también se establece un sexo fronterizo, un género liminal que abre la posibilidad de la existencia de personas que se mantienen al margen de la dicotomía hombre/mujer.

Los hijra son en algunos casos personas intersexuales a las que se les extirpan de una forma ritual los genitales. Disfrutan de un estatus de tercer género y un carácter que les permite mantener una relación estrecha con divinidades que tienen también el mismo carácter de intersexo. La comunidad les reserva un rol social específico. No mantienen relaciones sexuales con mujeres sino con hombres. E incluso pueden practicar la prostitución. No se consideran ni hombre ni mujer, permanecen en una especie de estado intermedio. Aunque no tengan miembro viril y sean estériles son considerados como protectores de la fertilidad, a la que invocan e intentan favorecer con danzas. A pesar de la emasculación, o posiblemente por ella, tienen el poder de fomentar la fertilidad entre las personas. Son como las mujeres, con sus vestidos, sus nombres, costumbres, gestos y ocupaciones. Las imitan de una forma exagerada en las danzas, aumentando los gestos de una especie de sexualidad desbordante.

Los jogappa son hombres femeninos caracterizados como seres que habían de mantener una relación especial con la divinidad, consagrándose al culto de Yelamma. Visten con el sari de color, se dejan el pelo largo para hacerse trenzas, realizan el trabajo de las mujeres en las casas y se hacen una especie de depilación. No se les castra como se hace con los hijras. Entre ellos se suelen dar relaciones homosexuales, bisexuales o incluso a veces no disfrutan de ningún tipo de actividad sexual. No se casan, sino que se sienten atrapados por Yelamma. Viven en la casa de sus padres durante una parte del año. Se les suele invitar a los ritos domésticos, de la pubertad, del matrimonio y del embarazo. Durante un tiempo viajan para visitar los templos de Yelamma, sobre todo el de Saundatti. Es ahí donde se producen las primeras etapas de iniciación. Después de la peregrinación y el viaje, se inicia su transformación. Y se les presenta a Yelamma con el rito del cambio de vestimenta.

Los guevedoches dominicanos no presentan ningún problema de identidad, se les cría como a una joven y se espera que en la adolescencia se conviertan en varones. Los kwolu-aatmwol en la sociedad sambia de Melanesia son aceptados como un tercer sexo. Los muxe, Oaxaca, en México, representan un tipo de transexualidad. En esa forma del tercer género se puede incluir también a los kathoey (chicos-dama) de Tailandia. El mahú, por su parte, puede asumir de forma intermitente los dos géneros, y no se le estigmatiza; realiza las tareas de las mujeres, puede estar casado con una mujer y tener descendencia, pero tiene contacto sexual con los varones con los que practica la felación y el coito anal.

Los fa’afafine son personas de las islas de Samoa que trabajan, visten y viven como mujeres. Además, disfrutan de un espacio de libertad amplio para estas manifestaciones de vida. En cuanto a sus relaciones sexuales, practican el sexo oral; y, en las relaciones anales, funcionan como receptoras. No mantienen relaciones sexuales con otras mujeres fa’afafine ni son ellas las que penetran. Se consideran mujeres y los hombres que se relacionan con ellas también las consideran mujeres. Nunca han sentido malestar ni depresión por su forma de ser.

Todos estos datos demuestran que la identidad sexual no está unida de una forma necesaria y lineal a los genitales, sino que guarda relación con los modelos sociales, culturales y políticos de género. Es más, se suele dar el caso de que la identidad puede ser adquirida y abandonada, e incluso que puede existir un sistema flexible tanto en la conducta sexual como en la manera de elegir pareja y establecer las relaciones matrimoniales.

Concretamente en estas sociedades, donde no hay una ideología ni una práctica de dominio y de opresión de género, como en los ¡kung de Sudáfrica, los aborígenes australianos y algunos grupos norteamericanos, se dan las condiciones suficientes para que existan prácticas lésbicas aprobadas culturalmente, e incluso institucionalizadas. Así encontramos matrimonios de mujeres entre los nuer, los azande y los nandi. Entre los igbo existen mujeres que ejercen la función del marido y que pueden tener varias mujeres. La categoría de marido-mujer de los igbo rompe con el carácter transcultural, del concepto universalizado del matrimonio heterosexual.

Los berdaches, en las tribus amerindias del norte de América, eran ajenos a los dos sexos. El berdache confirma una realidad compleja, ambigua y fluida de alguien que podría ser intersexual, hombre afeminado, lesbiana o travesti. Utilizaban la vestimenta del sexo contrario aunque tenían un color de plumas específico para ellos. Se les atribuía poderes sobrenaturales. Se casaban con hombres. En su comunidad tenían una situación privilegiada, eran respetados y honrados. Existía un tercer género tanto para los hombres como para las mujeres. No eran ni hombres ni mujeres, pero no se les puede considerar transexuales.

Los nadle tampoco asumen una identidad sexual y de género fija. Entre los navajos se ha constatado la existencia de individuos con genitales que no estaban claramente definidos. El nadle, la persona intersexual de los navajos, formaba un tercer género, podía mantener relaciones sexuales tanto con hombres como con mujeres; vivía en una situación privilegiada, era muy bien acogido en el grupo y se le ofrecía el valor de sagrado. Se consideraba una suerte la ambigüedad del sexo.

Los xanith tampoco sufren el estigma de la sociedad en relación a su sexo. Vestidos con una dishdasha en tono pastel, asumen los roles de las mujeres. Conservan parte de su estatus masculino, pero asumen roles femeninos.

Los rituales de inseminación en la fellatio de los varones sambia están íntimamente ligados a la creencia de que el cuerpo del hombre es incapaz de producir semen por sí mismo. Desde muy jóvenes han de ser inseminados por hombres adultos hasta que alcancen la virilidad y el estado del guerrero. Desde entonces, pueden casarse y tener hijos, y además se convierten en los inseminadores y los iniciadores de la nueva hornada de jóvenes. Después de unirse en matrimonio heterosexual con una mujer siguen buscando a escondidas el placer de los muchachos.

Los sistemas complejos de género en Omán muestran también una forma peculiar de ruptura con el binarismo. El hombre puede convertirse en mujer, pero luego puede recuperar el estatus de hombre. La manera de volver a ser hombre se producía demostrándolo igual que cualquier otro hombre omaní, durante la noche de boda, mostrando el vigor sexual necesario.

Hay niños y niñas entre los inuit que viven dentro de un tercer sexo. Los miembros de este grupo creen que el feto cambia de sexo en el nacimiento. Se les asigna y se les educa en un sexo contrario al que han tenido en el momento de nacer. Posteriormente se les devuelve al sexo originario. Se habla en los mitos de un sexo fluido y cambiante. Las madres sueñan el sexo de los niños. Son ellas en función de los sueños que han tenido durante el embarazo las que pueden declarar niña a un niño o, al revés, declarar niño a una niña incluso en contra de sus genitales. En la pubertad se les reintegra a su sexo biológico. Tienen un destino privilegiado, el de ser los chamanes del grupo.

Lo que se puede concluir es que en muchas sociedades se abre el espacio a un tercer sexo aunque no siempre tenga la misma consideración social ni la misma función. Son personas que pueden vivir en una posición elevada y con una misión religiosa, pero hay otras que pueden vivir en una situación de clara marginación o cercana a la marginación.

Con las informaciones que nos aporta la etnografía relativa al sexo y al género, podemos empezar a pensar que la clasificación del dualismo occidental no es más que una de las muchas clasificaciones posibles, y que a partir del desplazamiento que se ha producido en el sistema de asignación de sexo y género en las sociedades occidentales, la dinámica que se ha impuesto nos lleva, no solo a creer en un tercer género, sino en la diversidad sexual, en la posibilidad de defender que existen múltiples identidades sexuales y de género.

Los tres géneros de algunos “pueblos primitivos” nos ofrecen argumentos para no establecer categorías fijas, estables y esencializadas, que no existe una única forma de “ser hombre” y “ser mujer”, de “ser homosexual”, “transexual” o “intersexual”. En todos los casos que hemos considerado comprendemos y comprobamos que el sexo no determina el género. Desde la revisión emprendida en las últimas décadas, se puede concluir que la necesidad actual de asumir identidades complejas y no adscribirse necesariamente al esquema binario del género establecido.

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