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Desarrollo de la transexualidad en la infancia

Tal como se ha venido pensando a lo largo de la tradición, la transexualidad aparecía de una forma repentina a una edad considerable y no se sabía nada de lo que había pasado durante los años de la infancia. El problema es que las niñas y los niños transexuales desaparecían en el seno de la familia y en la vida doméstica, escondidos a las miradas de los demás y ocultos para sofocar la vergüenza familiar. Y si a eso le añadimos que la sociedad considera la infancia como una especie de limbo en el que no hay conciencia ni voluntad ni agencia, es decir, que no hay ni individualidad ni sujeto, sino que la vida de los menores ha de estar sometida al criterio, el deseo y la voluntad de las personas adultas, de sus progenitores y sus tutores, habríamos de aceptar que no existen ni la sexualidad ni la identidad de género a esa edad y, en consecuencia, que la transexualidad infantil no existe.

Una parte de la sociedad, incluidos algunos especialistas en la esfera de la medicina y la psicología clínica, sigue interpretando la infancia desde un punto de vista adultocéntrico y admite que no se puede aceptar que exista la transexualidad en el periodo de la infancia, porque a esa edad no hay madurez que permita a los menores transexuales tener conciencia de su identidad sexual; porque reconocer la transexualidad a esa edad podría suponer un motivo para estigmatizar a las niñas y los niños que creen serlo; y porque, según creen, se produce un nivel muy alto de reversión en los primeros años de vida, es decir, que solo una parte mínima de las niñas y los niños que asumen una identidad sexual, contraria a la que le asignaron al nacer, mantendría esa identidad en la adolescencia.

El efecto generado por la aparición de los menores transexuales en el territorio del Estado español a partir de la segunda mitad de 2013, acompañados por sus familias y exigiendo sus derechos, les ofreció a todos los especialistas la posibilidad de conocer e interpretar el desarrollo ontogenético de la transexualidad en la infancia. Fue un fenómeno histórico que empezó con una decena escasa de familias y que ya prácticamente agrupa a unas mil quinientas en todas las asociaciones que se han ido formando a lo largo y lo ancho del Estado. El trabajo realizado a lo largo de estos años, a diferencia de otras interpretaciones que se quedaban en los límites de una teoría desenfocada, consistió en la búsqueda y la investigación de un material etnográfico necesario para conocer desde dentro la realidad que ofrecía un movimiento social absolutamente innovador, que era minoritario, pero que en cuatro años ha alcanzado una dimensión imprevisible. Para interpretar de una manera adecuada este fenómeno, se necesitaba romper con el modelo clásico de interpretación, con los ramalazos del modelo biopsicomédico, con las interpretaciones que predominaban en la vida académica y con cualquiera de las vías interpretativas adultocéntricas que mostraban desconfianza ante la mera posibilidad del conocimiento y la existencia de la transexualidad en la infancia.

Lo que no se había pensado hasta ahora es que las personas transexuales habían sido menores alguna vez, que la existencia de personas transexuales adultas no era más que la consecuencia del desarrollo vital de niñas y niños que se podían considerar transexuales desde la edad infantil; y, en definitiva, que la interpretación de la transexualidad en la infancia, su proceso de formación y desarrollo, nos podría proporcionar una luz fundamental para el conocimiento y la interpretación de la transexualidad.

Los especialistas, que por distintos motivos se niegan a aceptar la existencia de la transexualidad dentro del periodo de la infancia, necesitan recurrir a expresiones poco afortunadas para denominar a estas niñas y niños. Hasta ahora, hemos oído hablar de menores con problema de identidad de género, menores con dudas en la identidad, menores variantes de género o menores que no se conforman al género, lo que significa desvirtuar, e incluso falsear su verdadera identidad.

Al plantear la posibilidad de la existencia de la transexualidad infantil, se ha de considerar si hay un corte radical entre la forma en que se presenta durante los primeros años de vida y la forma en que se asume durante la adolescencia y la vida adulta, es decir, si se presenta un abismo entre la infancia y la adolescencia o si, por el contrario, hay una continuidad dinámica que se desarrolla en las dos etapas de la vida. En realidad, no hay nada en contra de pensar en dos estados distintos y dos formas de vivir la identidad sexual que van unidos por la corriente profunda que genera la vitalidad, la misma que se mantiene bajo la superficie de los estados solidificados de la infancia y la vida adulta.

 

El problema de la reversibilidad

Los pediatras y los psicólogos son los primeros profesionales a los que las familias de los menores transexuales recurren cuando empiezan a sospechar que sus hijas o hijos muestran indicios de tener una identidad que no se corresponde con la que les asignaron al nacer. No cabe duda, por tanto, de que los pediatras y los psicólogos necesitan una formación adecuada para realizar la tarea de información, acompañamiento e intervención que se les requiere. La cuestión estriba en saber quién podría ser el que asumiera la dirección del proceso de formación que necesitan.

Uno de los problemas que se les plantea consiste en haber convertido la reversibilidad en uno de esos mitos que se ha mantenido a lo largo de los últimos años sin ningún tipo de justificación rigurosa, el haber creído en que existe un nivel muy alto de reversión antes de la adolescencia y, por consiguiente, un nivel muy bajo de persistencia entre los menores que han mostrado ‘problemas en la identidad de género’.

Aunque no merece la pena detenerse con detalle en el análisis de esta cuestión, les recomendaría a los médicos y los psicólogos que se mueven en el entorno de las unidades multidisciplinares y que mantienen esta creencia injustificada, que piensen por un momento en este tema. Esther Gómez, Isabel Esteva y Jesús Fernández-Tresguerres escriben: “La identidad de género se encuentra establecida habitualmente a la edad de 2 a 4 años, por lo tanto se desarrolla en los primeros años de vida. Y una vez adquirida la identidad sexual, es muy resistente al cambio” (2006: 120). Louis Gooren, uno de los endocrinólogos especializados, de mayor experiencia y más prestigio en este campo, afirmaba de una forma muy parecida y con rotundidad que “la identidad sexual resulta tan sólida y significativa, y es tan inmutable en la vida de una persona, como es la realidad de los marcadores ‘biológicos’ tradicionales del sexo” (1998: 263).

Tienen que ponerse de acuerdo los doctores que se dedican a la atención de la transexualidad en las unidades especializadas, porque es incompatible que sea tan resistente al cambio, que sea inmutable y que exista un nivel tan elevado de reversión, entre un 77 y un 94%. ¡Sean coherentes! ¡Concédanle un espacio en su discurso a la lógica y al rigor! Esta falsa creencia se basa en los resultados obtenidos por Madeleine S. C. Wallien y Peggy T. Cohen-Kettenis. Pero cuando nos acercamos y leemos su artículo, nos encontramos que el estudio se realizó sobre la base de 77 personas que habían sido atendidas en el servicio por ser variantes de género. En las condiciones expuestas por las autoras del trabajo, el 30%, 19 chicos y 4 chicas, no respondieron a las propuestas del estudio; el 27%, 12 chicos y 9 chicas, aún tenían disforia de género, según las expertas, confundiendo de una forma poco rigurosa ser transexual con tener disforia de género; el 43%, 28 chicos y 5 chicas, no persistieron o contestaron sus padres. Las cifras de persistencia y de reversión son escandalosas, pero el método no parece el más adecuado para generalizar que solo una minoría de los menores que se consideran transexuales persisten en la adolescencia o simplemente el resultado solo tendría sentido en un contexto muy limitado y solo en el sentido en que ellas hubieran querido orientarlo. Lo normal es que si muchos de estos menores se hubieran identificado como homosexuales en la adolescencia es que no deberían haber sido considerados transexuales en los primeros años de vida. Con lo cual no se debería hablar de reversión, y menos aún de reversión en esas proporciones.

El grupo médico del Hospital Universitario Ramón y Cajal, coordinado por Antonio Becerra deja muy clara su posición al respecto: “Nuestros datos hasta la fecha objetivan un número elevado de menores vistos en edades tempranas, en los que se confirma y se mantiene su diagnóstico de disforia de género, después de la mayoría de edad” (2015: 35). Los especialistas de la UTIG del Clínic de Barcelona llegan a la misma conclusión, porque no han visto ese nivel de reversión entre los menores que han acudido a consulta, y concluyen: “Por ello es preciso realizar nuevos estudios con criterios diagnósticos muy definidos para analizar la gran discrepancia” (2013: 1).

Mi conocimiento de la realidad de las niñas y los niños transexuales, después de más de cuatro años de contacto directo con las familias de menores transexuales, me permite confirmar que no he conocido ningún caso de reversión, que tengo las alarmas puestas y no ha llegado todavía ningún supuesto de menor que haya sufrido esa reversión. Lo que existe, evidentemente, son niñas y niños que se rinden ante una presión social tan fuerte y deciden vivir durante un tiempo en función del sexo que les asignaron al nacer, aunque con posterioridad vuelvan a asumir su sexo sentido. Es más, si se quisiera hacer un estudio serio y riguroso, sería necesario establecer de una forma muy clara la muestra de la que se habría de partir y saber si realmente son menores transexuales o son solo variantes de género. Y a partir de ahí solo tendría sentido realizar un estudio longitudinal extenso en el que se pudiera controlar con rigor el desarrollo de cada una de las niñas y niños que se acogieran al estudio.

En contra de esta creencia injustificada, es necesario pensar que la transexualidad no es un fenómeno episódico ni un estado transitorio que se da en forma de variación de género y que dejará de existir en unos años, permaneciendo con el paso del tiempo como una forma de homosexualidad o como una simple variante de género pasajera. La transexualidad no coincide con el efecto de una mera curiosidad; no aparece como la ruptura de la norma, en la forma de un simple juego o divertimento.

 

La transexualidad infantil

Para conocer el sentido de la transexualidad, es necesario saber primero cómo evoluciona en la infancia. Por eso es importante alumbrar ese periodo de la vida humana y ver cómo reconocen las niñas y los niños una identidad sexual a pesar de no encontrarse en un entorno favorable. La única forma de investigar y conocer la transexualidad infantil es enfocando la atención hacia el seno de la vida familiar. Y una de las formas era centrar el trabajo en la interpretación en las narraciones que las madres hacen de la experiencia que han vivido sus hijas e hijos.

Frente al discurso del modelo biopsicomédico, se trata precisamente de confirmar la existencia de niñas y niños que sienten una identidad sexual contraria a la que les han asignado y les han impuesto. Y en contra de los trabajos que hablan de reversión, una buena parte de la interpretación de la transexualidad infantil ha de basarse en la diferencia existente entre los menores trans con los menores variantes de género. Son muchas las madres y los padres que han creído en algún momento tener un hijo feminizado o una hija virilizada hasta el momento de convencerse de que eran transexuales.

Tal como afirman los progenitores, sus hijas e hijos habían dejado señales para que se les reconociera y solo habría bastado con saber interpretar esas señales para haber reaccionado a tiempo. Hay un momento en que, aun siendo serenos, se convierten en seres irritables, en criaturas ensimismadas, con falta de concentración, con grandes dificultades en la relación con los demás, con problemas de sueño y pesadillas, incontinencia urinaria nocturna, crisis de ansiedad, llantos y rabietas. Y no es extraño que sufran de esa manera porque no se les permite vivir tal como son; no se les reconoce; se sienten perdidos, desorientados y rechazados. La experiencia es cruel. Saben que han de vivir en contra de la norma y a la contra de todo lo que los demás piensan de ellos, y que se les prohíben las reacciones y las manifestaciones más espontáneas de su identidad. Una niña o un niño transexual sabe que cualquier día que empieza es un martirio, que necesita vestirse para salir al colegio con una ropa que no responde a su identidad sexual. Y cuando vuelven a casa, empieza de nuevo el ritual de desnudarse de prisa y buscar en el armario la ropa y los complementos necesarios.

Es en los testimonios de las madres y los padres donde encontramos la información necesaria para el conocimiento de la transexualidad en la infancia. Son las familias las que tienen un fondo inmenso de información, en forma de historias, fotos, vídeos y dibujos. Y además hay una fuente de información inestimable en las comunicaciones interfamiliares en todos los formatos posibles. Las niñas y los niños manifiestan su identidad sexual en los roles de género. Necesitan mostrarse del sexo y género que sienten, exagerando incluso esos roles. Se suelen repetir patrones similares en todas las niñas, aunque sus propias madres no repitan esos roles. Una mayoría de madres cuenta que les encanta simular una melena con camisetas, con toallas o con cualquier prenda que les sirva para improvisar; visitar el armario de la madre o la hermana para ponerse tacones, vestidos y faldas, gafas, collares, joyas y abalorios; pintarse las uñas y maquillarse; les gusta el color rosa hasta la exageración y las muñecas muy femeninas. Hablan de sí mismas en femenino y cuando se deciden a manifestarse tal como son eligen un nombre que se corresponde con su identidad.

A pesar de que resulte difícil creer en la actualidad en los roles estereotipados de género, los niños transexuales se adaptan a los roles masculinos, asumen la austeridad del varón, gestos más bruscos y juegos más agresivos. Abandonan los vestidos femeninos y eligen la ropa y los disfraces acordes con el género masculino. Hay un niño que cuando se puso sus primeros calzoncillos, dijo que era el día más feliz de su vida. Para muchos de ellos el corte de pelo ha significado un elemento fundamental para determinar su verdadera identidad. Hablan de sí mismos en género masculino y eligen un nombre de acuerdo con su identidad.

Tal como hemos visto, existe una obsesión continua de menores transexuales por la ropa, el pelo y el nombre, no solo porque supongan elementos distintivos de género, sino porque se convierten en auténticos símbolos que representan su identidad.

En cuanto al sexo sentido es claramente manifiesto en la lectura de los cuentos, porque se identifican con los personajes del sexo y el género que sienten como suyo. Es más, hay un mecanismo curioso que consiste en hacer proyecciones hacia el futuro que encaja con su sexo sentido, simulando ser ese personaje del cuento o diciendo que, cuando sea mayor, será aquello que siente. Así nos lo cuenta la madre de una niña: “Cada vez que papá le contaba un cuento antes de dormir, ella decía que era la protagonista femenina, y que cuando de mayor fuera mujer le pasarían todas las cosas que ocurrían en esa historia”. Y además sienten con tanta claridad su identidad sexual que no logran comprender por qué no lo logran comprender sus madres y padres. Los regalos, cumpleaños o Reyes Magos, suelen ser un martirio porque siempre se equivocan con lo que les regalan. Y siempre encuentran alguna forma de decírselo para comunicarles su frustración. Hay una niña que le dice a su madre que mejor que no vengan los Reyes Magos este año porque se equivocan siempre de niño.

Aunque resulte chocante esta opción por los roles de género estereotipados, no cabe más remedio que aceptar que son los datos que nos ofrece la realidad. No es una cuestión de ideología. No se puede elegir. Solo es necesario interpretar el fenómeno.

 

La conciencia de la identidad

Cualquier persona que se dedique a estudiar e interpretar la transexualidad en la infancia, se va a encontrar con un problema, la oposición de dos modelos absolutamente contrarios: el modelo biopsicomédico y el modelo sociocultural de las familias y de las ciencias sociales, la antropología, la sociología y la psicología. En el primer modelo se ha constituido un esquema teórico en el que no cabe siquiera la existencia de la transexualidad en la infancia, sino que la diluyen en una especie de problema de la identidad de menores que dudan de su identidad o de menores variantes de género. De esta forma, abren una brecha, un vacío difícil de explicar entre la infancia y la vida adulta, y convierten la vida de las niñas y los niños transexuales en un túnel oscuro e indescifrable, convirtiéndolos en criaturas ajenas a los derechos de los que disfrutan los demás menores, como si la infancia de estas niñas y niños fuera un periodo de indefinición sexual, como si los primeros años de su vida solo consistieran en un periodo más o menos extraño en el que se atreven a ciertos juegos y a una curiosidad que no necesita ninguna explicación y que no se sabrá lo que verdaderamente signifique hasta que la identidad de sexo y género no se constituya en la adolescencia.

La creencia en la falta de madurez para conocer su identidad no es más que el resultado del desconocimiento de la vida de estos menores o de la necesidad de verlos bajo la perspectiva de un desarrollo distinto. La etnografía demuestra que hay una cantidad considerable de niñas y niños que disfrutan de una identidad sexual que no coincide con la que les asignaron al nacer. Disponemos de información suficiente para demostrar que las niñas y los niños transexuales tienen conciencia clara de su identidad sexual y de género desde muy pronto, que desvelan con cierta tranquilidad su identidad en su entorno familiar y social en contra del proceso de socialización tan fuerte que han sufrido en la educación del sexo y el género asignados, y aun en contra de la presión tan fuerte que ejerce contra ellas el entorno social más cercano.

Y, por lo demás, no estigmatiza el reconocer que estos menores sean transexuales, sino el no reconocer el derecho al desarrollo de su propia persona. Desechar la identidad asumida por estos menores en la creencia de que sus mentes todavía son inmaduras supone, además de perturbar la concepción de la infancia y de la transexualidad en la infancia, iniciar un proceso que será negativo y pernicioso para los que se reconocen con una identidad sexual específica. Diluir la transexualidad en un simple ‘problema de la identidad en la infancia’ significa que no se podrá responder a ninguno de los problemas que se le plantean durante esta etapa de su vida.

Al considerar que no hay estabilidad en la infancia, la identidad sexual y la transexualidad se desvanecen. En cambio, en la nueva generación de niñas y niños transexuales que van saliendo a la luz desde hace unos cuatro años se descubre una madurez y una estabilidad considerables para conocer y reconocer su propia identidad. Una madre cuenta la forma tan clara con que su hija asumía los roles de niña: “Si salíamos al parque o a la plaza estaba todo el rato pegada a mí o husmeando en los bolsos de otras madres. No mostraba ningún interés por jugar y en cuanto llegábamos a casa, se echaba a correr a mi habitación a coger lo que podía y alcanzaba o a pedirme que le bajara una falda o un vestido. Una vez que estaba vestida, se iba al baño a pintarse y peinarse y se pegaba un rato mirándose al espejo; y frente al espejo, la cara le cambiaba, se le iluminaba y sonreía”. Y esta misma madre nos cuenta que se solía identificar en femenino a pesar de que le hubieran asignado el sexo masculino al nacer: “Cuando empezó a hablar, se trataba a sí misma en femenino y todos la corregíamos: ‘guapa, no; tú eres guapo’. Pero en el fondo de mi ser algo me decía que era un acto totalmente consciente ya que continuamente daba muestras de una inteligencia notable y que se equivocara tan repetidamente en el género no me cuadraba”. Un niño de ocho años le pide a su madre que se sentara. Y cuando se sentó le dijo: “Mamá, yo tengo aquí, en mi cabeza que soy un niño”. Y un niño de siete años contesta a una entrevistadora de Antena 3 TV que a él lo confundieron con una niña porque lo miraron solo entre las piernas pero que nadie miró en su cerebro.

Lejos de considerar a menores transexuales como seres faltos de madurez, conocimiento, voluntad y agencia, los aceptamos y reconocemos como auténticos expertos en sexo y género. Cualquiera de estos niños y niñas, además de reconocer su identidad sexual, conocen con precisión los roles de género que les corresponden. Hay un caso ejemplar de un niño que con ocho años conocía su identidad, demuestra un conocimiento exhaustivo de los factores que condicionan el género y el castigo que proviene de asumir su identidad y de infligir las normas, además de manifestar de una forma sorprendente que los genitales no determinan el género. “Yo soy un niño. Digan lo que digan. Que se metan conmigo, que me digan travesti y me pregunten lo que tengo entre las piernas, nadie me quita ser un niño. Con la gente que te apoya te sientes bien. Un beso para todos ellos. Y lo más importante, da igual lo que tengas entre las piernas. Eso no te quita ser un niño o una niña”. Se podría hablar de estas niñas y niños como expertos en sexo y en género en la medida en que conocen desde muy pequeños su identidad sexual; tienen un conocimiento detallado de las normas que rigen el comportamiento relacionado con el sexo y el género, y saben cuál es el castigo por desobedecer esas normas; alcanzan una conciencia clara de que no existe una relación lineal entre los genitales y la identidad sexual; y viven con detalle los efectos estremecedores de la marginación, la exclusión y la estigmatización que sufren.

Para interpretar de una forma adecuada la transexualidad en la infancia, es necesario atender a la experiencia consolidada de estas niñas y niños que, aun siendo de corta edad, son expertos en género, no solo en su capacidad para verbalizar e interpretar sus vivencias, sino porque en la práctica diaria han sabido asumir y desarrollar el sentido de su sexo y su género. El conocimiento y la experiencia demuestran que se oponen a la identidad que se les ha asignado al nacer de una forma contundente y a una corta edad en contra de un largo y penoso proceso de socialización del género; y que reaccionan de una forma espontánea contra la identidad asignada asumiendo los roles que le suelen asignar al sexo denominado contrario.

Lo sorprendente es que entiendan que la identidad sexual y de género está desligada de los genitales. Una niña vasca de cuatro años le dice a la madre: “Mamá, cuando nací me mirasteis el pitilín y pensasteis que era un niño, pero ahora me miráis al corazón y sabéis que soy una niña”. Parece que tienen claro que existen dos clases de miradas absolutamente distintas y dos maneras de ver la realidad de una forma diferente. Un niño canario tiene muy claro cuál es su identidad: “Yo soy un niño por dentro y por fuera”.

El caso de esta niña vasca es relevante porque desde los tres años no solo empezó a usar vestidos y roles femeninos, sino que, según dice la madre, empezó a hablar en español en casa porque en vasco los adjetivos son neutros. El conocimiento del enfrentamiento entre los dos mundos es manifiesto para esta niña: “Mamá, quiero que mañana llaméis a la escuela y digáis que me llamen Lucía. Ya estoy preparada para hacer frente a las burlas”.

La medicina ha colonizado la transexualidad con un sistema de ordenación e interpretación de la sexualidad binario y dicotómico. Si atendemos a la consideración que se hace en el modelo biopsicomédico solo podemos considerar la transexualidad como un trastorno de la diferenciación de la sexualidad. En este sentido, es en el que se puede decir que la transexualidad es una construcción médica en cuanto trastorno de la identidad de género. La base es la hipótesis biológica, la concepción de la transexualidad como disarmonía y discrepancia entre el sexo cerebral y el sexo biológico, entre el sexo sentido y los genitales.

La presión del modelo binario, que concibe solo la existencia de dos sexos, dos géneros y dos identidades, tiende a concebir a la persona transexual como un desajuste entre los elementos que componen el sexo. En la maquinaria de funcionamiento lineal se produce la tensión entre dos sistemas distintos. El modelo binario le pone unos límites muy estrechos a la interpretación de las personas trans. Las entiende como seres que solo existen en función del tránsito y la transformación de la reasignación sexual. Solo conciben a la persona transexual como mitad hombre y mitad mujer. Mente de mujer y cuerpo de hombre; o mente de hombre y cuerpo de mujer; una niña con cuerpo de niño o un niño con cuerpo de niña; niño con un cuerpo biológico de niña o niña con un cuerpo biológico de niño.

A pesar de las limitaciones y la perturbación de la hipótesis biológica, a nadie debería extrañarle que la transexualidad se forme como un proceso biológico y genético. El hecho de haber señalado al proceso perinatal como el origen de la diversidad sexogenérica nos permite pensar que se genera un proceso vital y psicológico en torno a los dos años, que entre los dos y los cuatro años es la edad en que se empieza a manifestar, que en ese tiempo tienen la intuición inmediata y directa de su identidad, poniendo en cuestión todo el proceso de socialización de género.

Esto quiere decir que hay una reacción insistente, e incluso desesperada a veces, una reivindicación apasionada de su identidad en contra de un proceso complejo de educación en el sexo y el género. Todo parece indicar que hay una pulsión que brota desde el fondo mismo del individuo, las raíces biológicas de la vida, pero que el camino emprendido no es ajeno a los valores sociales y culturales. De hecho, se mueven dentro de los cauces de los esquemas binarios; se reconocen a sí mismos, y asumen los patrones de género prevalentes en el sexo sentido.

En cambio, en la interpretación que se reduce a los menores transexuales a simples variantes de género, personas no conformes al género, de género independiente o creadores de género, se logra de una forma inconsciente dejar intactos los esquemas de género binarios, los esquemas estables de género en torno a los que se genera la variación, la no conformidad o la independencia. En esta interpretación no se termina de comprender la claridad meridiana con que estas niñas y niños reconocen su identidad. Se perciben a sí mismas y a sí mismos con tanta claridad y tal evidencia que sienten una extrañeza extrema de que sus progenitores no los vean y que no los comprendan. “¿Pero no me ves, mamá? ¿No te das cuenta de que soy un niño?”. O el niño que cuando se corta el pelo exclama: “¡Si es que soy un niño!”. “¿No ves, mami, que estoy mejor así?”. Es más, posiblemente la necesidad de caminar en contra del raíl de las normas de género les haya facilitado el hecho de reconocerse a sí mismos y de tener una conciencia más clara de su identidad.

El problema se plantea si existe una diferencia real entre las niñas y los niños transexuales con los menores variantes de género. Los caracteres más destacados responden a la identificación con el sexo contrario al asignado, y pueden ser entre otros, que se reconozcan niñas o niños en contra del sexo que se les asignó al nacer; que hablen de sí mismos en masculino o en femenino en función del sexo sentido; que se reconozcan a sí mismos en los juegos con su identidad asumida; que se identifiquen con los personajes de los cuentos; que se proyecten hacia el futuro con las categorías correspondientes a su propia identidad.

Hay una gran cantidad de menores que llevan viviendo mucho tiempo en función de su sexo y su identidad sentida. Estos menores no tienen ninguna duda sobre su identidad. Tampoco generan ninguna duda en su entorno. Los únicos problemas se plantean cuando se les trata en función del sexo que se les asignó al nacer. Cuando se les comprende, se les acepta y se les acompaña, son felices. Ese es el camino que empezaron a abrir las familias hace ya cuatro años. Y ese es el camino que han de seguir la administración, los profesores, los psicólogos y los médicos. También los jueces han de tener claro que las palabras de las niñas y los niños son significativas, relevantes, que ofrecen una garantía decisiva, que dicen la verdad y que tienen un conocimiento directo y adecuado de su identidad.

 

       Una estrategia de afirmación y autoconocimiento

La madre de una niña publicó en la Web de la Asociación de Familias de Menores Transexuales, Chrysallis, una narración en la que contaba que un día le preguntó a su hija de seis años qué le gustaría ser si volviera a nacer de nuevo. La respuesta no se hizo esperar: “Soy una niña, me gusta lo de las niñas, el pelo largo, los vestidos, las uñas pintadas. No sé por qué. Me gusta más. Si volviera a nacer, sería niña, me llamaría Laura y tendría el pelo largo, también tendría poderes, podría volar y respirar debajo del agua”. En las historias de vida de las adolescentes transexuales se suele repetir el símbolo de las ‘alas rotas’ para indicar la situación de opresión en que viven mientras no se reconoce su identidad. Y, si atendemos a la respuesta de esta niña, vemos que en contraposición existe el símbolo del deseo de volar que hace referencia explícita al ansia de libertad. Un día que hice un comentario sobre este deseo de volar de muchas personas transexuales en un encuentro de familias, la madre de esta niña me informó de algo que no había contado nunca porque no le había dado importancia, me habló de la devoción de su hija por las sirenas y además me dijo que necesitaba que le leyera todas las noches, desde los tres hasta los seis años, La Sirenita. Desde que me lo dijo tuve la intuición de que era un tema digno de atención y de estudio; mantuve la creencia de que el análisis del cuento me aportaría datos interesantes para la interpretación endopsíquica de la lectora y sería útil para obtener una información relevante sobre la formación del sujeto que animaba la historia. La idea era muy simple: tanto los pájaros en el cielo como los peces en el mar ofrecen la misma sensación de libertad. Como dice Andersen, los peces en el agua se deslizan igual que los pájaros en el cielo.

El interés del análisis etnopsicológico del cuento, tal como lo interpreto en La transexualidad en el mundo mágico de La Sirenta, consistía en la posibilidad de acceder desde la narración hasta la mente de la lectora. Desde el texto se podía aclarar ese periodo oscuro de los primeros años que viven las niñas y los niños transexuales. Al fin y al cabo, se convertía en una fuente de información similar a la que nos pueden ofrecer los dibujos. El análisis antropológico de la narración nos permitía acceder a una información relevante sobre la forma en que se había establecido un símbolo para las niñas y las mujeres transexuales.

Lo que desea la niña de la que hablamos es volar, nadar y tener poderes, no lo olvidemos. Había de quedar claro que la inmersión en el mundo de La Sirenita tendría que ir íntimamente unida al reconocimiento de su propio mundo y a que la lectura la ayudaba en la búsqueda del sentido de su identidad. Esta niña necesita sentirse reconocida, aunque solo sea en la esfera imaginaria de la literatura. El acto de la lectura significa un abrazo diario en el que se siente aceptada por su madre tal como es.

Varios años antes de que se me ocurriera la idea de interpretar la lectura de este cuento, Bruno Bettelheim había hecho una interpretación similar de los cuentos de hadas: “En mis esfuerzos por llegar a comprender por qué dichas historias tienen tanto éxito y enriquecen la vida interna del niño, me di cuenta de que estas, en un sentido mucho más profundo que cualquier otro material de lectura, empiezan, precisamente, allí donde se encuentra el niño, en un ser psicológico y emocional” (1975: 9). Y un poco más adelante añade: “En este sentido, los cuentos de hadas tienen un valor inestimable, puesto que ofrecen a la imaginación del niño nuevas dimensiones a las que le sería imposible llegar por sí solo. Todavía hay algo más importante, la forma y la estructura de los cuentos de hadas sugieren al niño imágenes que le servirán para estructurar sus propios ensueños y canalizar mejor su vida” (1975: 10). La lectura les sirve a los niños, así lo había visto Bettelheim y así lo entendemos nosotros, para recomponer su propia identidad. En la solidaridad de la narración y en la vitalidad del personaje se puede encontrar la energía de la resiliencia.

Hay otra niña que necesita que reconozcan su identidad e inventa un juego en el que se trata de simular todos los días que se ha perdido en el bosque. La madre tiene que buscarla y, cuando la encuentra, la tiene que abrazar y decirle cuánto la quiere. Lo que nos llamó la atención en este juego era que tuviera la misma estructura argumental que Blancanieves. La niña que propone el juego necesita recomponer su identidad a diario con el reconocimiento tácito de la madre. Es una forma de reaccionar contra la sensación de soledad y abandono que siente.

La cuestión fundamental planteada por la lectora de La Sirenita responde a la necesidad de resistir y responder a la prohibición de ser como ella es. Por lo que sabemos a través de las narraciones de su madre, esta niña tenía conciencia de su identidad desde los dos años. Además del deseo de libertad, la idea de ‘tener poderes’, tal como lo entiende esta niña, muestra la referencia a la conciencia de la identidad que se ha establecido en este caso en unión a la lectura del cuento y a la interiorización de las informaciones que recibe de la hermana pequeña de las sirenas, pero además apunta a la necesidad de la consolidación del sujeto, en la medida en que siente la resistencia de la familia y del colegio, necesita coger las riendas de su vida, afirmarse sobre la autoridad de la madre y hacerse con el control de algunas compañeras del colegio, necesita vestir y comportarse como realmente se siente. En La transexualidad en el mundo mágico de La Sirenita podemos leer: “Lo verdaderamente positivo de la repetición continua de la lectura del cuento consiste en que se crean vínculos emocionales muy fuertes y estables entre la hija y la madre, aunque el verdadero sentido del cuento se encuentre oculto y no aparezca explícito. Al leerle el cuento, la madre acepta la versión sobreentendida de su hija. La unión de ambas se produce en el mundo simbólico de la fantasía literaria. Aun sin saberlo, la madre comparte el mundo de su hija, le está proporcionando un caudal de pensamiento y energía fluido con el que la niña aprenderá a responder a sus propias inquietudes. Todos los días le irá ofreciendo la solidez de una estructura argumental que colaborará en la posibilidad de consolidar su personalidad y su identidad, una fuerza que la animará a construir y reconstruir su vida” (2017: 82-83).

 

El fantasma de la disforia

Además de que no hay reversión, es necesario afirmar con rotundidad que no hay ni enfermedad ni trastorno en estos menores y que, por tanto, habría que perfilar muy bien cuál habría de ser la intervención del psicólogo o del pediatra, si tuvieran que intervenir. En principio, tendría que quedar claro que no se les debería llamar ‘pacientes’, en el caso de hiciesen uso de los servicios sanitarios. Es más, les recomendaría a los pediatras, que se erigen en líderes y formadores de los demás compañeros, que evitaran el término ‘epidemiología’ para referirse a una realidad tan simple como un ‘censo’ de los menores transexuales. Tampoco es recomendable identificar la transexualidad con la disforia de género. El uso de estos términos deja un cierto olor a naftalina y produce algo parecido a la vergüenza y al bochorno de los que los leemos. No es una cuestión menor, sino una idea fundamental que se va extendiendo entre muchos profesionales. No existe la disforia per se; el malestar no es inherente a las personas transexuales desde la infancia. La gran mayoría de las niñas y los niños no sufre ninguna disforia ante su identidad y sus genitales. El malestar solo existe en algunos menores y en algunos adultos debido a la presión que se ejerce contra ellos; es, como el estrés postraumático, un malestar producido por la segregación y el acoso que sufren. Solo la oposición de la familia y el entorno a la aceptación de su identidad es la que puede tener un efecto negativo en la vida las niñas y los niños transexuales. A partir de ahí se producen los conflictos y el sufrimiento. El malestar proviene del maltrato, pero no es la manifestación natural de la transexualidad. Así lo consideraba Eli Coleman, director del área de Sexualidad de la Universidad de Minnesota, como la consecuencia de la marginación, la exclusión y la estigmatización.

Ser una niña o un niño transexual no es fácil. La dinámica social los obliga a olvidarse de sus sentimientos, a abandonar y rendirse. Sufren el hecho de que no los dejen ser ellos mismos, pero sufren también porque son conscientes del daño que infligen a sus familias. Es frecuente que, durante un tiempo variable, muchos de estos menores tengan que vivir en una especie de letargo, soledad y abandono.

De modo, que no tanta reversión ni tan baja persistencia. Y menos aún, si a partir de esta falsa creencia se pretende negar la transexualidad infantil y hablar solo de menores variantes de género o con problemas de identidad. La estrategia de la prudencia y la espera recomendada por las unidades multidisciplinares de corte tradicional y por algunos psicólogos puede causar un daño irreparable en estas niñas y niños. El problema consiste en que si se les hace caso nunca se atenderán sus necesidades, que se les acepte en el colegio como son y que se les cambie el nombre y el sexo en los documentos, para que no exista ninguna incongruencia entre su identidad y la forma en que los reconoce la sociedad. Su identidad suele ser una identidad dañada y deteriorada como consecuencia de la negación continua de su ser. El malestar proviene de un proceso de degradación de su personalidad. En El libro de Daniela, su autora escribía que su hija era un niño sensible y cariñoso, pero que terminó perdiendo la alegría y convirtiéndose en un niño airado que sufría rabietas continuas.

Además de tener una conciencia muy clara de su identidad, insisten en la necesidad de que se les reconozca. Aunque el ambiente no fuera demasiado desfavorable, necesitan luchar y reclamar su identidad a todas las horas del día; tienen que invertir toda su energía en exigir que se les atienda y se les trate como son, y esa tarea necesita tanto esfuerzo que tienden a olvidarse de todo lo demás.

Es muy difícil saber qué pasa por la mente de una niña o un niño transexual durante el periodo de latencia, desde el momento en que descubren su identidad hasta que se les acepta. Lo único que podemos saber es que no tiene por qué haber un malestar ni una disonancia ni una incongruencia entre la identidad asumida y sus genitales, que el malestar procede del conflicto entre el sexo sentido y la concepción del sexo asumido por su entorno, porque la situación en la que viven las niñas y los niños transexuales es la de una dinámica de opresión. La forma en que viven en el seno de la familia y de la sociedad va íntimamente unida a la desafección, a las carencias afectivas y de apego. No es extraño que tanto los familiares como los psicólogos hayan reconocido sentimientos de miedo e inseguridad, rabia, frustración, vergüenza, inestabilidad, tristeza, desasosiego y angustia. La presión ejercida por la sociedad crea niñas y niños retraídos, aislados, solitarios, con bajo nivel de confianza, seguridad y autoestima. Y, sin embargo, todos esos síntomas y carencias desaparecen cuando son aceptados, apoyados y acompañados por sus familias.

No se puede asociar transexualidad y disforia. No tiene ningún sentido que se siga atribuyendo la disforia a las personas transexuales. Una madre decía en la Web de Chrysallis que su hijo había tenido disforia mientras se le había tratado como a una niña pero que dejó de sentirla cuando se le empezó a tratar como él mismo se sentía. Las niñas y los niños transexuales desactivan la disforia desde el mismo momento en que se les trata en función del sexo sentido por ellos mismos.

La manera de asumir la transexualidad no va acompañada por el malestar ni por el sentimiento de culpa. A un niño canario adoptado de siete años le pregunta una periodista si se siente diferente en el colegio, y el niño le contesta torciendo el gesto: “¡Claro! Soy el único niño chino de la clase”. En el mismo sentido, hace poco me comentaba una madre que su hija le había hecho la pregunta que estaba temiendo desde hacía bastante tiempo. “Mamá, ¿tú crees que me querrán los chicos?”. Por lo visto, la madre se echó a temblar. Esta es, pensó, la pregunta que esperaba que habría de llegar algún día y que todavía no estaba preparada para contestar. Pero, sin dejar que la madre le respondiera, añadió: “Es que a los niños les gustan las niñas delgadas, y yo estoy un poco gordita”.

 

Desarrollo de la transexualidad en la infancia

A pesar de lo complicado que resulta establecer periodos o etapas en el desarrollo de la vida de menores transexuales, porque cada uno de ellos tiene un carácter diferente y porque viven en condiciones distintas, el hecho de haber intentado hacer una genealogía de la transexualidad en la infancia nos ha dejado una serie de datos que son claramente significativos para comprender la verdadera realidad de la transexualidad.

No tiene ningún sentido abrir un abismo entre la infancia y la vida adulta, y menos aún aceptar que la transexualidad apareciera en la adolescencia como por arte de magia. No es coherente ni riguroso establecer la categoría única de menores variantes de género sin la posibilidad de diferenciar la existencia real de menores transexuales, por el miedo absurdo a la reversión de una cantidad de niñas y niños que no responden a la norma.

La aparición de estos menores arropados por sus familias en asociaciones que defienden sus derechos nos ha permitido conocer la realidad, de establecer patrones de comportamiento y obtener datos que nos permitirán arrojar luz sobre el proceso de desarrollo de la transexualidad en los primeros años de vida. A pesar de que no se pudiera fijar un esquema de etapas estables, se puede encontrar un primer periodo de inocencia y felicidad en que las niñas y los niños manifiestan su identidad sin problemas si no observan resistencia; a esa especie de paraíso familiar le sigue un periodo de intolerancia y represión, más o menos sibilina, de sus gustos naturales cuando empiezan las prohibiciones; en todos los menores conocidos se produce el reconocimiento, la aceptación y el acompañamiento; y, por último, las familias imponen la necesidad de que se dé el tránsito social, que supone el reconocimiento por parte de la familia y de la sociedad.

 

  1. Periodo de inocencia

En un estado inicial viven y pueden mostrar tanto sus gustos como su propia identidad con absoluta inocencia. En La transexualidad en el mundo mágico de La Sirenita, hemos encontrado la vida una niña transexual que se mostraba en sus primeros años de vida, hasta los dos años y medio, como una niña feliz. La madre, que habla de ella en masculino porque es como la consideraba entonces, escribe sobre ese periodo de la vida de su hija: “En lo que todos coincidimos es en que era un niño feliz. Feliz sonriente y despreocupado. O al menos eso parecía desde fuera”. Esta niña no tenía ningún problema en manifestar de todas las formas posibles su fascinación por el mundo de las mujeres, por el pelo largo, las joyas, los fulares, las telas vistosas y las muñecas muy femeninas. La madre nos presenta el encantamiento que siente por las mujeres: “Si alguna vez tenía cerca a una chica con melena larga, siempre se la acariciaba, tenía gran afición por peinarlas, por hacerles moños o coletas si se dejaban. A su tía le regalaba especialmente los oídos cada vez que la veía diciéndole lo guapa que estaba y el pelo tan bonito que tenía. Se la comía a besos, le parecía preciosa con sus collares, sus pulseras, sus abalorios, siempre conjuntada y con una melena larga que le caía por los hombros. Lo tenía obnubilado”. Nada hacía presagiar que en esta niña se pudiera generar un fondo de malestar e infelicidad. Pero después de esta etapa de inocencia y felicidad, más o menos larga, llegó una época en que empezó un proceso de negación y sufrimiento en que tenía que resistir y luchar para afirmar su identidad contra todas las imposiciones del entorno.

Todos los datos disponibles demuestran que son inocentes, que no tienen ninguna preocupación que sea ajena a las demás niñas y niños de su edad; son felices. Pero es que, además, en todas las niñas y los niños se suelen repetir los mismos patrones de conducta con roles de género similares. Todo ello nos obliga a pensar en la existencia de una fuerza incontenible que se impone contra el proceso de socialización de género y contra la educación recibida. Lo que nos interesa resaltar no es solo que los primeros años de su vida se presenten como un periodo de inocencia y felicidad ni que el malestar sobrevenga del exterior con posterioridad, sino que incluso con más fuerza que en cualquier otro niño o niña durante los primeros meses y los dos primeros años de vida se van marcando las precondiciones del sujeto, se va estableciendo un fondo de virtualidad, un protoyo y una protoidentidad sexual que determinará las condiciones de una subjetividad que podrá obtener la conciencia de su propia identidad sexual y de los roles de género, la posibilidad de conocerse a sí misma y a los demás.

Con la narración que nos suministra la madre de esta niña y al interpretar su fascinación por La Sirenita, descubrimos que se termina el periodo de inocencia en torno a los dos años y medio, cuando a la madre le empezó a molestar que vistiera con ropas femeninas, cuando le preocupó aquella necesidad de disfrazarse y consideró que aquella costumbre no era beneficiosa para su hija. Y de una forma definitiva, terminó la inocencia y aparecieron las reacciones airadas cuando empezó a ir al colegio, en el enfrentamiento directo con la norma coercitiva, con la prohibición de sus costumbres y la presión contra su identidad sexual ejercida por sus iguales.

 

  1. Datos del conflicto

Hay una madre a la que se le ocurrió la idea de escribir un diario detallado en el que recogía las frases más significativas y las que le habían llamado más la atención de su hijo y las fechas en que las había dicho. Es un relato en el que se ilustra muy bien la posible generación del conflicto, la lucha y el dolor interiorizado por la presión que ejerce el entorno sobre la vida de un niño que reconoce su identidad sexual como contraria a la que le asignaron al nacer. Dispongo de un ejemplar que me envió esta madre, un texto que posteriormente publicó en la Web de Chrysallis, además de unas fotos del cuaderno en el que había tomado las notas a mano sobre esta parte tan importante de la vida de su hijo. El interés de la narración consiste en que nos ofrece una información de primera mano de la confusión, los conflictos y el malestar que se habían generado en la mente de este niño. Entre los tres y los cuatro años deja constancia de preferir juguetes, herramientas y todo tipo de artilugios que muestren un rol claro masculino, y además empezó a despojarse de las faldas y la ropa que tenía un marcado carácter femenino. A los cuatro años ya aparece un conocimiento del cuerpo y la conciencia de una identidad sexual que va unida al miedo y la frustración: “¿Dónde está mi pene, si yo soy un niño?”. Cuando la madre intenta vestirlo de Blancanieves en los carnavales, solo se sintió contento y gritó que era un príncipe cuando le pusieron la capa; y cuando intentó vestirlo de gitana, no consintió y la madre tuvo que quitarle el vestido de volantes, los pendientes, los tacones, la flor y buscarle unos pantalones de urgencia para que fuera vestida de gitanito como quería.

A los seis años ya ha asumido la ideología y los valores de sexo y género de la sociedad binaria y cisexista. Asume todos los miedos e interioriza los problemas con que lo cargan la angustia y la culpa. Hay un momento, a los seis años, en que, durante las conversaciones inacabables a la hora de dormir, demuestra que ya había asumido el conflicto cuando le pregunta a la madre: “Mamá, ¿por qué la naturaleza me ha hecho así? Si yo tengo cabeza de niño, ¿por qué tengo un cuerpo de niña?”. Las preguntas, los miedos, la angustia que se van desgranando a esa edad, en una serie de reflexiones demuestran una conciencia clara y eficaz de su realidad. Hace proyecciones hacia el futuro que resultan difíciles de comprender en un niño de esa edad. “¡Yo soy un niño!”. “¿Me saldrá la nuez en la garganta?”. “Mamá, de mayor yo no quiero quedarme embarazada”. “¿Me podré cortar los pechos si me salen?”. “¿Cómo voy a hacer pipí en el váter si no tengo pene?”. Esto demuestra hasta qué punto es consciente de la realidad que vive, del conocimiento que tiene sobre las costumbres, los hábitos y los roles relacionados con la identidad de sexo y género, cómo adelanta la realidad y proyecta su vida hacia el futuro. Se siente con confianza en su madre para plantearle sus preocupaciones. Las largas charlas con ella antes de dormir constituyen una especie de abrazo en el que se siente reconocido, aceptado, apoyado y acompañado, aunque sea de una forma tácita.

A pesar de que deseaba vestir como se sentía, le tenía un miedo atroz a ir vestido de niño al colegio porque temía que se rieran de él. Este sentimiento se repite en muchas niñas y niños transexuales. De esta forma tan sencilla se puede identificar a los iguales como guardianes de género en las aulas. Sin embargo, en su vida se fortalecen los mecanismos de liberación y resiliencia, se desactiva el malestar y la ansiedad solo con saber que hay otro niño como él y conocerlo cuando quedan para pasar una tarde juntos. El simple hecho de conocer a una madre y su hijo de Chrysallis fue una de las claves, según la madre, en el cambio radical de su hijo que por fin comprendió con entusiasmo que podía ser un niño y vivir como un niño sin ningún problema.

Todo suele cambiar en las niñas y los niños transexuales cuando se produce el tránsito social, cuando se les acepta, se les apoya y se les acompaña tanto en el seno de la familia como en el entorno. Según los testimonios de las madres, antes del tránsito social, los menores suelen ser airados, agresivos, tienen problemas con pesadillas nocturnas, incontinencia urinaria y escasa concentración; son introvertidos, temerosos, tristes y con baja autoestima. En cambio, cuando hacen el tránsito, cambian de una forma radical, duermen bien, son atentos, cariñosos, alegres, dóciles, confiados y seguros de sí mismos.

En el caso que estamos tratando, nunca existió la hija. Hay un pasaje de la narración de la madre que es significativo porque mantiene en unas líneas algunos ritos de paso que se suelen dar en el tránsito social de los menores transexuales. De una manera muy simple se comprende cómo funciona el empoderamiento de estas niñas y niños, el cambio tan profundo que se produce en sus vidas. En unas líneas expresa de forma sintética el abandono de símbolos femeninos como los pendientes, le cortó el pelo como en los ritos de paso e inició un periodo de duelo por la pérdida de su hija. “Cuando le corté el pelo a lo chico y le quité las bolitas de sus orejas, se afianzó de tal manera y cogió tal poderío que desapareció ‘Martina’ para no volver nunca más. Recogía los últimos vestigios femeninos que quedaban en el cuarto y, con esmero, los guardé en un cajón de mi habitación, como cuando alguien recoge las pertenencias de un ser amado al que sabe que ya nunca más va a volver a ver porque se ha ido para siempre. Y lloré, he de reconocer que sentí ese paso definitivo como una pérdida. Sentimientos muy definidos, pena, desazón y un vacío irremplazable. La psicóloga que me ayuda a apaciguar mis trances intentaba que yo racionalizara el duelo: ‘Pero no tiene sentido que llores con amargura una pérdida. ¿Qué pérdida? ¡Martina nunca existió, él siempre fue Carlos!’ Y es verdad, él siempre fue Carlos”.

Ninguna de las definiciones de la transexualidad que han necesitado suponer la idea de la transición del niño a la niña o de la niña al niño, del hombre a la mujer o de la mujer al hombre, el paso de un sexo al otro, el ser una mujer que nació en el cuerpo de un hombre o ser un hombre que nació en el cuerpo de una mujer, es una forma adecuada para representar la transexualidad. No hay conversión, no hay paso, sino dos mundos distintos y la traslación de un mundo al otro, la correlación de los dos mundos y de las dos realidades. El estado de confusión se debe al hecho de que estos dos mundos no comparten sensaciones. Su forma de verse y sentirse no coincide con la forma en que lo ven y los sienten los demás. La confusión se crea al enredarse las dos perspectivas, cuando se le presiona y se le oprime desde el exterior. En la vida de las niñas y los niños se cruzan el mundo de los adultos diseñado por un sistema de ordenación heteronormativo y cisnormativo y el mundo en el que la identidad sexual asumida por la niña o el niño funciona como una disonancia. La posibilidad de vivir entre esos dos mundos origina la disrupción entre las distintas interpretaciones y creencias que se interpelan y entran en conflicto.

 

  1. Desactivar el malestar

Las madres de menores transexuales suelen crear grupos de WhatsApp y redes sociales en que comentan sus preocupaciones e intercambian información de lo que está pasando con otras familias. El 22 de septiembre de 2015 se produjo un encuentro virtual en el que varias madres hablan de sus hijas e hijos. Este encuentro es citado por Natalia Aventín, presidenta de la Asociación de Familias de Menores Transexuales, Chrysallis, en un artículo que le enviaba a una revista médica. En esta conversación una madre planteó un problema. Su hija de seis años había dejado de sentir vergüenza, de esconder sus genitales y se desnudaba en cualquier lugar cuando iba a la piscina. “A mí me pasa algo muy curioso con mi hija. Antes del tránsito ocultaba sus genitales, pero ahora no tiene ningún problema en enseñarlos. Este verano en la piscina se desnudaba en cualquier sitio. Es verdad que tiene solo seis años, pero antes era más pequeña y se ocultaba. Yo a veces no sé qué hacer si dejarle libertad para que lo haga o ponerle límites para evitarle algún sufrimiento. Ella tiene muy claro que es una niña con colita, que hay menos pero que las hay. Por eso creo que no tiene ningún problema en mostrar su cuerpo. ¿Les pasa a vuestras niñas?”. Este tipo de consultas es habitual entre las madres de la Asociación. Según la madre, la niña tiene muy claro que es una niña con colita y que no se le plantea ningún problema. Lo que intenta es saber si a las demás niñas les pasa lo mismo.

Y, en realidad, por lo que cuentan las demás madres, el fenómeno no es extraño ni particular. La experiencia es similar en todos los casos. La madre de una niña de cinco años dice que a su hija le pasa lo mismo. No hay grandes diferencias. Esta reunión le ayuda a las familias a encontrar tranquilidad y escoger el camino adecuado o, por lo menos, saber que es compartido. Las niñas y los niños, al conocerse y compartir experiencias, rompen el cerco del miedo, el pudor, la vergüenza y el malestar; cambian definitivamente el modelo. Demuestran que la disforia no es algo que vaya necesariamente unido a la transexualidad. No hay un malestar ni una incongruencia que sean innatas. La angustia y la culpa no son algo inherente a menores transexuales. Por lo general, con el reconocimiento por parte de la familia y de su entorno social, han perdido el pudor y no han interiorizado la culpa. Pueden desnudarse en cualquier sitio. Y como dice la madre de una niña de cuatro años, a su hija le pasa lo mismo: “A mi hija de cuatro años también le pasa, no tiene ningún tipo de pudor, se desnuda en la piscina y donde toque, intentamos controlar lo del pipí, antes del tránsito siempre orinaba sentada por muy sucio que estuviera el baño. Ahora nos toca de pie. Cuanta más gente haya, la puerta más abierta, el árbol más público, mejor”. La madre de una niña de seis años, preocupada por la costumbre de su hija y con el miedo de que alguien le dijera algo que pudiera hacerle daño, intenta razonar con ella para que tenga cuidado. Y la niña le contesta: “No pasa nada. Si alguien me dice algo, diré que soy una niña trans”.

La madre de otra niña de cinco años confirma la misma experiencia. A su hija no le importa absolutamente nada desnudarse en público. Se quita el bikini y cuando menos se lo esperan ya está desnuda. Realmente es una imagen totalmente distinta a la de la persona transexual contenida en los documentos de los organismos internacionales que muestran los criterios para definir la transexualidad. No hay rechazo de su cuerpo. Hay una madre que interviene en la conversación con unos datos verdaderamente relevantes: “A mi hija le encanta mirarse desnuda en el espejo. Antes no le gustaba limpiarse su churrita y desde que hizo el tránsito no le tengo que decir nada, lo hace y juega con ella. Eso sí, la llamamos churrita femenina”.

En el grupo de madres que hablan en este WhatsApp hay dos madres de niños transexuales. Una de ellas interviene: “Yo he visto a niñas de Chrysallis de cinco años hacer pipí de pie en el campo con toda naturalidad. Es algo que me encanta. Mi hijo con ocho años ya ha interiorizado algo de pudor”. Y la segunda madre habla en el mismo sentido que las madres de las niñas, su hijo se va liberando de un cierto miedo al rechazo de su cuerpo por la presión social. “Bueno cada caso es un mundo, pero mi hijo ha pasado de “mamá yo me opero sí o sí” a “cuando sea mayor, ya veremos, solo el pecho”. Ahora ya apenas usa el binder, solo en ocasiones en las que va a un sitio nuevo con gente desconocida, cuando no se siente seguro. En cuanto el círculo en que está sabe que es un chico, a él no le molesta su pecho. Es un gran paso. Antes no podía verse desnudo y mandarlo a la ducha era una pelea”.

Cuando se les acepta y se les apoya se produce un cambio que parece milagroso. Se convierten en seres felices, extrovertidos, desinhibidos, colaboradores y cariñosos. Una madre canaria que adoptó a un niño, aunque ella hubiera creído durante un tiempo que era una niña, cuenta que, cuando lo reconoció como niño y le dijo que lo iban a querer igual como hijo, “el pequeño suspiró como el que se quita un peso de encima y se pasó toda la tarde besándome y abrazándome, algo que era poco habitual en ella, ya que no era demasiado afectiva debido a sus primeros meses de vida”.

Las niñas y los niños transexuales tienen razones para infravalorarse, despreciarse y denigrarse; tienen muchas posibilidades de generar un sentimiento de transfobia interiorizado que funciona en su contra. Saben que la sociedad, representada en su entorno más cercano, los ha marginado y los ha expulsado. En cambio, en las nuevas generaciones de personas transexuales se ha producido un cambio desde los primeros años de vida, adquiriendo una conciencia clara de su identidad y favoreciendo el amor por su cuerpo.

Para terminar, baste con afirmar que el discurso biopsicomédico, lastrado por el miedo y por la falsa creencia de la reversión, había asumido la estrategia de la prudencia y la espera como la más adecuada para el tratamiento y la intervención de los menores con ‘problemas de identidad’, que vivieran una vida doble, que asumieran el sexo sentido en el seno de la vida familiar y que mantuvieran el sexo asignado en la vida social hasta que llegaran a la adolescencia, cuando tuvieran una identidad estable. Sin embargo, se ha producido un auténtico cisma entre los especialistas dedicados al tratamiento de la identidad de género y las asociaciones de familiares de los menores transexuales. Las familias han decidido aceptar y colaborar en el desarrollo de su personalidad en todos los órdenes y en todos los ámbitos. Al margen de los especialistas y los expertos se han decidido a romper con la estrategia de la espera. Cristina Palacios, madre de una niña transexual de ocho años intervino en un Congreso de Psicología dedicado al género y dijo arrancando el aplauso unánime de todos los psicólogos presentes: “¿Esperar a qué? ¿A que se le pase? ¿Esperar a que cambie, porque la presión de la sociedad es más fuerte que su deseo interno de ser niña? ¿Esperar a que pierda su infancia siendo una niña infeliz? ¿Esperar a que la sociedad esté preparada para admitir a una niña transexual? Cuando se trata del bienestar y de la felicidad de un menor, no hay tiempo ni espera, y no intervenir puede causar daños irreparables de por vida a los menores transexuales”.

 

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