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La obra revolucionaria de Miguel Romero Esteo

No resulta fácil escribir sobre el sentido de la obra literaria y teatral de un autor que acaba de fallecer. Tengo que apartar los recuerdos que acuden a mi mente de uno en uno y hacer un esfuerzo de concentración para llegar desde la persona del gran amigo hasta la figura que alcanzó un lugar tan relevante en la historia de la literatura europea. No se puede olvidar que, además de todas las ediciones y los premios que se le concedieron en España, en 1970 la editora alemana Suhrkamp Verlag publicó Pontifical en la colección “Grandes autores europeos del siglo XX” en la que habían aparecido escritores como Samuel Beckett, Bertolt Brecht o Harold Pinter; en octubre de 2007, en una semana dedicada al teatro español innovador, Hispanité-Explorations presenta la obra de Romero Esteo y escenifica en un céntrico teatro de París dos de sus obras traducidas a la lengua francesa; y en 1985 el Consejo de Europa en Estrasburgo distinguió con el Premio Europa su epopeya literario-dramática Tartessos, una obra sin precedentes en la historia de la literatura europea y con una densidad trágica y poética que será muy difícil de superar.

Todos los críticos están de acuerdo en pensar que con la serie de sus primeras obras de teatro (Pontifical, Paraphernalia de la olla podrida, la misericordia y la mucha consolación, Horror vacui, Pasodoble, Fiestas gordas del vino y el cocido, Pizzicato irrisorio y gran pavana de lechuzos o El vodevil de la pálida, pálida, pálida, pálida Rosa) había creado un género absolutamente nuevo, las Grotescomaquias. En todos los análisis que se habían realizado sobre las obras anteriores a Tartessos se estaba de acuerdo en considerar que la producción literaria de Romero Esteo llamaba la atención por su gran capacidad innovadora en la creación teatral.

Así el profesor Francisco Ruiz Ramón, en un libro básico sobre el teatro español contemporáneo, llega a decir que la obra literaria y teatral de Romero Esteo no tiene ningún antecedente ni parangón en toda la historia de la literatura. En la Revista de Literatura del Consejo Superior de Investigaciones Lingüísticas, Pedro Aullón de Haro le dedica un estudio en el que lo reconoce como un autor plenamente revolucionario a niveles lingüísticos, estilísticos, poéticos y del tratamiento de los personajes. Santos Sanz Villanueva en su Historia y crítica de la literatura española contemporánea nos lo presentaba como un autor que lo había revolucionado todo en el mundo del teatro, las peripecias, los personajes, los argumentos, los temas, las estructuras y hasta incluso el propio género. Óscar Cornago interpretó la creación de un lenguaje único como respuesta a las necesidades culturales de la época que le tocó vivir. El prestigioso filólogo Don Fernando Lázaro Carreter, siendo Director de la Real Academia de la Lengua Española, afirmó en una famosa entrevista radiofónica que en las obras de Romero Esteo se encuentran algunas de las cumbres de la literatura europea de todos los tiempos. Se le ha reconocido como una de las grandes cumbres de la literatura española, junto a Valle Inclán, desde el Siglo de Oro. Todo esto nos permite suponer que su producción literaria se sitúa al nivel marcado por las mejores obras de la literatura contemporánea universal.

La originalidad como escritor consiste en la gran fuerza vital que derrochó durante una buena parte de su vida intelectual activa, lo que le permitió romper todos los esquemas y todas las reglas. Como decía Lázaro Carreter, nadie había llegado nunca nuestro teatro tan lejos ni lo había creado de una forma tan audaz y tan inteligente. Y la verdad es que Romero Esteo, con la perversión sistematizada de las técnicas literarias, lingüísticas y teatrales, logró revolucionar los códigos dramatúrgicos hasta unos límites difícilmente superables, e incluso a veces exasperantes.

Pero después del papel que jugó dentro de las vanguardias del teatro y después de ser reconocido y haber logrado un lugar privilegiado en la historia de la literatura, con el Tartessos emprende una etapa absolutamente nueva de tintes clasicistas. En este nuevo periodo iniciado a partir de los cincuenta años, su obra perdió los tintes más estridentes y consiguió urdir en la escena un sentido monumental, complejo y con una maraña estilística de una densidad dramática y poética que será difícil de superar en las próximas décadas. Y a esta obra le siguió una saga compuesta por varias obras como Liturgia de Gárgoris, rey de reyes, y otras obras inéditas que, lejos de ser irrepresentables, son espectáculos grandiosos y fascinantes.

La civilización tartesia se convirtió en la fuente que le aportaba todos los elementos para crear un gran espectáculo, porque ahí contaba con una diversidad muy amplia de tramas, ritos, cantos, intrigas palaciegas, diálogos políticos, pero, sobre todo, le ofrecía una sobrecarga poética e incluso mística de una noche inacabable. Se le ofrecía escrutar en la inmensidad de las tinieblas, en los territorios de las aguas dulces y de las islas silvestres, de esa cultura donde se vive con la inocencia sagrada y venerable, y que le permitía recuperar la tragedia cercana de su destrucción.

 

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